
De niño, dicen, se es sencillo. Las cosas son cosas, las personas son personas y los hechos son hechos. En la medida en que uno crece, lo que antaño era incuestionable pierde vigor.
No estoy muy convencido de que los niños piensen así. Tengo tres en casa que me permiten disentir. La sencillez no es un atributo de la infancia. La sencillez, además, podría pasar por la más enredada de las complicaciones.
A los niños les solemos atribuir muchas cosas. Por ejemplo, que piensan con sencillez. Que juzgan con sencillez. Que actúan con sencillez. ¿Es cierto? No estoy seguro.
Pero eso es lo de menos. Cada cual ha de pensar de acuerdo a sus experiencias. Mis hijos a veces son complicados y a veces sencillos. Eso me lleva a pensar que la sencillez no tiene edad y que generalmente está asociada con una satisfacción escapista. Qué simple se ve. Sí, pero visto de otra forma, esa sencillez podría pasar por una ecuación hostilmente abigarrada.
La sencillez no tiene que ver con el ser de las cosas, las personas o con los hechos. La sencillez es un cristal a través del cual calificamos a las cosas, personas o hechos. Lo más complejo y extraordinario podría pasar, para unos (adultos o niños), por algo rudimentariamente sencillo.
La sencillez relaja. Evita esfuerzos. Alivia.
Considerando que las cosas de la vida pueden ser tan complicadas como sencillas quiera uno, la sencillez se convierte en una opción paliativa, terapéutica y ortopédica. Lo complicado es inviable. Asfixia. Desorienta.
La sencillez es un arte que muchos practican pero pocos consiguen incorporar en sus vidas. Por ejemplo, ser sencillo es ser, ni más ni menos, radical. Los radicales, que llevan a los extremos sus pensamientos, a la dualidad del blanco y negro, articulan una idea fascinante de la realidad porque se desentienden de todo aquello que no se ajusta a su perspectiva.
La sencillez es otra expresión totalitaria. Impuesta, no admite réplicas ni oposición: por eso es fascinante y también por eso es peligrosa.
La sencillez soluciona vastas zonas grises con la imposición de su versión de las cosas.
En el lado opuesto a esta crítica a la sencillez, es imposible que una persona haga propia la gama de grises, ni que le sea dado expresarse con sencillez estando consciente de todo.
Por un lado, porque es imposible estar consciente de todo; por otro, porque, si de cualquier modo hubiera alguien capaz de semejante cosa, encontraría irrealizable la condensación de ideas en una sola, a saber porque las ideas no dejan de cambiar y siempre son distintas, aun contrarias entre sí.