El Blog de Julio

Sobre las calificaciones

In Familia, Personajes on Noviembre 12, 2009 at 4:11 pm

Seb

Ayer tuvimos una junta en la escuela de nuestros hijos. Íbamos secretamente aterrados: entre otros, el objetivo era conocer las calificaciones del mayor, quien ya cursa primaria y es exigido con rigor.
La maestra nos recibió con mucha amabilidad, sonriente, muy segura de sí misma. Sospecho que notó que mi chiquilla y yo vacilábamos entre saludarla o despedirnos de ella intempestivamente.
Tomamos asiento. Las sillas que ocupamos son las de los peques. La incomodidad era doble: mental y física. En tales circunstancias, es imposible no estar a la defensiva.
Luego de un intercambio de saludos, edulcorados con el carisma de mi chiquilla y el insobornable optimismo de la maestra, pasamos de sopetón a El Tema. Con valentía, la maestra nos dijo: “pues he de confesarles que el chaparro sacó un promedio mejor del que yo esperaba”.
Zaz. Cuando a la noticia la anteceden esponjosos ardides como ése, como diciendo “en realidad no todo está perdido”, la mente, que todo el tiempo quiere adelantarle a la película para conocer el final, te hace imaginar que la catástrofe es inminente.
Noté que entre la palma de la mano de mi chiquilla y la mía corría un caudaloso río, con cocodrilos, hipopótamos y rápidos violentos.
Jamás me gustó ninguna escuela ni estudiar, sentencié en silencio.
“El promedio que obtuvo después de estos exámenes es de” (y dijo la cifra, que me reservo porque soy muy reservado).
La chiquilla y yo nos quedamos boquiabiertos. Luego a ella se le asomaron algunas desahogadas lágrimas.
La vida es una galáctica sorpresa feliz dosificada con sabia arbitrariedad.
La maestra, que parecía haber preparado fríamente la escena, le ofreció un pañuelo desechable.
Mocos. Jadeos.
“Por favor felicítenme al chaparro, se ve que hizo un gran esfuerzo”, añadió la maestra.
Salimos hinchados de un alegrísimo helio. Tartamudeamos cuando quisimos decir lo que pensábamos.
Hay que celebrar.

Sobre el éxito

In Cultura, Literatura on Noviembre 11, 2009 at 1:25 pm

fracaso

Me encontré entre los blogs que suelo leer con un breve texto sobre el “sesgo exitista”. Comparto algunas de las ideas que expone el autor, aunque me saben a discurso fallido.
Por ejemplo, no aclara que la crítica al culto por el éxito no se refiere a cualquier tipo de éxito, sino específicamente al que modelan los libros de negocios (por su volumen y por ser, creo, los que son escritos con la abierta intención de lucrar con la fantasía de muchos de encontrar el santo grial del éxito, el consejo irrebatible del gurú indemne, la fórmula secreta, los cinco o veintitrés pasos que lo garantizan, etcétera).
Es por lo menos sospechoso que se hable tanto de éxito (de ser cierto lo que afirma el autor): da la impresión de que la doctrina del éxito se basa en la certeza de que la insatisfacción profesional es más o menos generalizada. Siempre habrá un lector ávido de remedios para su descontento.
Lo fallido de esta protesta consiste, a mi ver, en que no señala lo que verdaderamente ocurre con esta doctrina: lejos de negar las virtudes de la derrota, que las podría tener, impone una visión unívoca (darwinista, le llama) del éxito.
No se trata de cantarle a la derrota o de ser mediocres pero felices y honrados, sino de cuestionar el modelo de éxito que decreta la fábrica de ilusiones (los libros de negocios). ¿Quién dijo que el éxito es eso y no otra cosa? ¿Por qué no preguntamos por qué?
En cierto modo, el concepto de fracaso que defiende el autor podría pasar por éxito. Sigue, entonces, pensando en términos binarios: ser exitoso o ser fracasado.
¿Por qué no aceptamos simplemente que somos quienes somos y como somos? Porque, dirán, a esta vida se viene a “ser alguien”.

Sobre escribir

In Introspecciones, Literatura on Noviembre 9, 2009 at 1:51 pm

esc

A diario me encuentro con personas, al menos con una, que se declaran propensas, aficionadas o apasionadas de escribir.
Para quienes nos gusta escribir y lo hacemos con regularidad, entendemos que los motivos detrás de los cuales empujamos las palabras a decir cosas son muy diversos. Algunos apelan a una necesidad de expresarse, de decir algo; otros, al placer que les provoca experimentar con las palabras distintas expresiones hasta dar con una que los colme.
Quien escribe, según cierto imaginario más o menos generalizado, piensa. Los que pasamos el tiempo, muy a gusto, por cierto, tundiendo teclas o garabateando letras en cuadernos o servilletas, entendemos que escribir es un placer más que un procedimiento de expresión o una acrobacia del pensamiento. Como diría Neruda: escribo sólo porque escribo.
Pero también sabemos que, en el mencionado imaginario más o menos generalizado, pensar equivale, para algunos, a no hacer nada.
Escribir es visto con recelo por distintas y muchas veces ridículas razones: porque “no parece estar haciendo algo de provecho”, porque “se niega a abrirse al mundo al optar por la estéril introspección, al monólogo solitario”, porque “cuando lees lo que escribió no entiendes nada o te dan náuseas”, porque “para escribir hay que tener claro primero qué se dirá, a quién se dirá y cómo se dirá; si no, todo esfuerzo es deliberadamente inútil”.
Comparto la idea de que escribir es otra forma de vivir la intimidad propia, de defenderse de la intromisión de un mundo que pretende apresurarnos a no sé qué. Pero también, insisto, es una forma de placer: tal y como el pianista disfruta sus largas horas de paciente práctica, quien escribe encuentra en las palabras materia inagotable para ensayar o explorar ideas y emociones.
Otro prejuicio muy común es pensar que quien escribe está por decir algo. Y quien pasa mucho tiempo escribiendo entonces está por decir algo muy grande, una enciclopedia de sus experiencias o algo semejante, o está extraviado.
Quien escribe sólo porque sí, no teme extraviarse. Es más: no se sabe extraviado. La percepción de extravío es externa: quien está hechizado por el placer de andar de palabra en palabra, de ocurrencia en ocurrencia, sabe que toda prisa estorba y que toda noción de fin definitivo es arbitrario e impuesto.
Eso lo emparenta con la divagación, que no deja de ser otra etiqueta que un externo le pone a una experiencia del “mundo de la vida”. Podría ser que todos, en realidad, divagamos, aunque unos están más convencidos que otros de que están siguiendo un trayecto planeado, útil y económico.
Tratándose de un tipo de pasión (y, quizás, de la mayoría de las pasiones), escribir es una experiencia que no cabe tan fácilmente en una definición, ni la requiere. Pero muchos piensan que sí y que inclusive es sujeta a métodos precisos. Basta leer los manuales de redacción y los métodos para sublimar la pasión por escribir. Hay muchos en los anaqueles de las librerías…