
Ayer tuvimos una junta en la escuela de nuestros hijos. Íbamos secretamente aterrados: entre otros, el objetivo era conocer las calificaciones del mayor, quien ya cursa primaria y es exigido con rigor.
La maestra nos recibió con mucha amabilidad, sonriente, muy segura de sí misma. Sospecho que notó que mi chiquilla y yo vacilábamos entre saludarla o despedirnos de ella intempestivamente.
Tomamos asiento. Las sillas que ocupamos son las de los peques. La incomodidad era doble: mental y física. En tales circunstancias, es imposible no estar a la defensiva.
Luego de un intercambio de saludos, edulcorados con el carisma de mi chiquilla y el insobornable optimismo de la maestra, pasamos de sopetón a El Tema. Con valentía, la maestra nos dijo: “pues he de confesarles que el chaparro sacó un promedio mejor del que yo esperaba”.
Zaz. Cuando a la noticia la anteceden esponjosos ardides como ése, como diciendo “en realidad no todo está perdido”, la mente, que todo el tiempo quiere adelantarle a la película para conocer el final, te hace imaginar que la catástrofe es inminente.
Noté que entre la palma de la mano de mi chiquilla y la mía corría un caudaloso río, con cocodrilos, hipopótamos y rápidos violentos.
Jamás me gustó ninguna escuela ni estudiar, sentencié en silencio.
“El promedio que obtuvo después de estos exámenes es de” (y dijo la cifra, que me reservo porque soy muy reservado).
La chiquilla y yo nos quedamos boquiabiertos. Luego a ella se le asomaron algunas desahogadas lágrimas.
La vida es una galáctica sorpresa feliz dosificada con sabia arbitrariedad.
La maestra, que parecía haber preparado fríamente la escena, le ofreció un pañuelo desechable.
Mocos. Jadeos.
“Por favor felicítenme al chaparro, se ve que hizo un gran esfuerzo”, añadió la maestra.
Salimos hinchados de un alegrísimo helio. Tartamudeamos cuando quisimos decir lo que pensábamos.
Hay que celebrar.

